martes, 31 de mayo de 2011
Renacer
En un rincón pasaba totalmente desapercibido, durmiendo las horas, llorando los días; pero no se puede parar aquello que nunca se movió, no se puede mostrar lo que nunca se escondió.
Sólo cuando conseguí devolverle la mirada al espejo puede ver aquello que brillaba dentro de mí, gritando por salir. Sólo ahí la calma le ganó el pulso a la ansiedad, sólo ahí se me regalaron unos minutos de paz, sólo ahí empecé a comprenderme de verdad.
No podemos escapar de lo que somos; pero antes de poder entender quién somos debemos tener el valor de preguntárnoslo.
BLG
domingo, 29 de mayo de 2011
Citas de Frank Zappa
· "El arte es hacer algo de la nada y venderlo".
· "La estupidez tiene un cierto encanto del que la ignorancia carece".
· "Lee el Kama Sutra ¿Cuánta gente murió por leer el Kama Sutra comparado con la Biblia? ¿Quién gana?"
· "El comunismo no funciona porque a la gente le encanta poseer porquerías".
· "Cuanto más aburrido es un niño, es cuando más sus padres, al mostrar a su hijo, reciben adulaciones por ser buenos padres. Porque tienen un chico domesticado como un animalito en sus casas".
· "Si tienes una vida aburrida y mediocre es por haber escuchado a tu mami, a tu papi, a tus profesores, a los curas o a algún tipo en la televisión diciéndote cómo hacer las cosas ¡Así que te lo mereces!"
viernes, 27 de mayo de 2011
Lucha
Compañero inseparable en el camino de la vida, acabamos olvidando que está ahí, imperturbable, impertérrito, paciente, sin buscar protagonismo, sin desearlo, y cuando quieres darte cuenta, él sigue ahí, recordándote que nunca se irá, guardándose para él todo cuanto hayas podido sentir, bueno o malo, alimentándose de tu alma, ganándote el pulso de la vida desde antes de que puedas saber ni que existe.
¿Cómo luchar contra la levadura del alma? ¿Cómo engañar al tiempo para que su camino acabe llevándole a vivir el primer amor? ¿Cómo engañar al tiempo para que en su camino vuelva a cruzarse la inocencia pura? ¿Cómo borrar las cicatrices que el tiempo ha dejado en mí?
No espero realmente poder derrotar al tiempo, pero espero poder llegar a convivir con él, antes de que llegue el momento en que se dé cuenta que no le queda nada con que alimentarse, antes de que se dé cuenta de que mi tiempo… ha terminado.
BLG
miércoles, 18 de mayo de 2011
Recuerdos
--Disculpe, señora Guadalupe, ha llegado un señor que pregunta por usted. Dice que es un familiar pero que le quiere dar una sorpresa. Le hago pasar, ¿no?-- le preguntó Maribel, con algo de emoción en la voz.
Ella, como de costumbre, no contestó a la primera.
--Señora Guadalupe, que digo que tiene una visita. Le hago pasar, ¿vale?
La enfermera, al ver que no iba a obtener respuesta y que ésta parecía obvia, decidió ir a buscar a aquel hombre.
Medía unos dos metros y era delgado, como una espada. Tenía el pelo ya plateado, algo largo, y una barba pobre que parecía no demasiado cuidada, pero que le sentaba bien. Su cara era amable, templada, aunque estaba llena de arrugas. Arrugas como surcos en la tierra, poderosas. Arrugas viejas. Muy viejas. La nariz no era ni mucho menos grande, más bien parecía la de una adolescente. Y los ojos estaban tan hundidos que no se apreciaba bien el color del iris. Los podría tener violetas.
Iba vestido con traje verde oscuro, tirando a oliva, sin corbata. Con sombrero a juego. Todo muy gastado, pero limpio. Parecía ir muy cómodo, y además se movía con mucha soltura. Como un gran gato.
La enfermera pensó que sería un hermano o un primo. Aunque a ella no le constaban más familiares que sus dos hijas y su nieto, Juanito.
--Señor, le ruego que sea paciente con ella ¿Tiene usted experiencia con enfermos de Alzheimer? Es muy probable que ni le reconozca ¿Es usted un primo de ella quizás, o... ?
--Sí, algo así. Y sí, tengo experiencia. No se preocupe. Gracias, señorita. Me gustaría mucho estar con ella un momento a solas, si es posible.
--Sí, claro, por supuesto, faltaba más. Estoy fuera si necesitan algo-- contestó Maribel mientras salía, un tanto incómoda por dejar a la señora Guadalupe sola con un extraño. Su presencia era turbadora, desde luego, aunque no podría haber dicho porqué. Su voz era grave, como un pozo lejano que guarda con celo el agua más pura y humilde. Pero a la vez le vio inofensivo. Rezumaba paz ¿Qué podía hacerle un hombre tan mayor a una enferma de Alzheimer de setenta años?
--Guada. Hola ¿Sabes quién soy?
--Claro-- dijo ella, al cabo de unos segundos, mirándole sus ojos violetas.
--Bien.
Se estuvieron mirando un rato, sonriendo, con sus manos entrelazadas.
Recordando.
Me gusta. Me gusta mucho. Es una sensación que ya siempre estará conmigo. Como cuando te acuerdas del olor de algún sitio de la infancia.
Christian.
miércoles, 11 de mayo de 2011
De Silvia a Noe
Con hojitas de menta, azúcar y miel.
Que le sepa bueno, que le sepa bien.
Que le endulce el día, y la noche también.
Le daré una cajita con caramelos,
En la que pueda guardar todos sus anhelos.
Y se la pintaré con mil colores,
Para que así se olvide de sus temores.
A ver si así huyen los recuerdos tristes,
De antiguas heridas que ya sufriste.
A ver si así llegan las alegrías,
Y se te llena el alma con poesías.
--
Silvia.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Marzo
Debe hacer unos cincuenta años. Sin embargo es ahora cuando rememoro todos los pequeños detalles, ahora me asaltan desde muy atrás, sin compasión, como si unos niños me tiraran bolas de nieve, escondidos tras los árboles.
También era marzo, eso seguro, recuerdo recordar el equinoccio de primavera como algo muy reciente aquellas horas malditas, en las que todo cambió. Los acontecimientos iban pasando delante de mi rostro, los archivaba, era muy consciente de todo lo que pasaba. Lo que no pude fue darme cuenta de su trascendencia, lógicamente, dado el altísimo nivel de alcohol en sangre que solía alimentar mis entrañas y guiar mis torpes pasos aquellos días.
Nunca he sabido cómo empezó todo en concreto, en qué momento y dónde crucé la línea, qué hice o dejé de hacer en el momento preciso en el que mi existencia se convirtió en la de un reptil sabio que se arrastraba por las alfombras del mundo de los hombres, despojado de todo menos de infinita sed.
Sí recuerdo una de mis camareras favoritas, María. Solía meterme en mis primeras litronas de cerveza huevos crudos. Era mi desayuno, un par o tres litros de cerveza. Buen zumo de cebada de barril, sabroso y nutritivo, lleno de vitaminas, minerales y qué sé yo, todo lo q necesitaba por aquellos días para poder abrir la boca y acercarme un vaso hasta ella. Era todo lo que quería hacer, realmente no necesitaba nada más, absolutamente nada más, no tenía interés alguno en nada excepto en ingerir líquidos que fueran trastornando mis percepciones hasta llegar al punto en el que mi yo desaparecía y me convertía en una criatura escamada, mansa e inconsciente: el fantasma de una iguana, un forastero de mi propia vida, un espectador de lujo. Todo eso me fue regalado gracias al alcohol. Y gracias a él pude ver lo que ví y saber, ahora, lo que soy.
Porque fui yo, sí, yo, un borracho de mierda, el que vislumbró por un momento, entre vómitos y comas etílicos, entre convulsivos ataques de abstinencia, la única y absoluta Verdad. Fue tan sólo por un momento, como la luz que se cuela por un instante entre dos puertas, y es ahora cuando me doy cuenta de todo aquello. Yo he desperdiciado mi vida, poseedor del secreto más secreto, del poder más magnífico. Pero borracho.
Ahora ya no tengo tiempo ni ganas, me estoy muriendo de viejo. Y es también en esta hora cuando entiendo al fin que gracias al alcohol pero también por su culpa yo fui (y soy) el único Poseedor de la Única Verdad, aquella que nos podría haber liberado a todos y haber bajado el Cielo a la Tierra.
Hacía muchos años que no bebía. Pero esta noche de marzo, antes de acostarme para siempre, brindaré una y otra vez a la salud de toda la humanidad y entraré en el mundo de los muertos como tiene que ser: borracho.
jueves, 30 de septiembre de 2010
La noche
Me gusta la noche. Siempre me ha gustado la noche. Durante las horas de la oscuridad del día me encuentro más cerca de esas estrellas y planetas que de incierta manera parecen afectarme; los asuntos de mis semejantes, que durante las horas de luz se me pegan con insistencia, se caen por su propia inexistencia durante la noche.
Nunca he tenido, por esa mi manera de ser, amigos de esos que denominamos “de toda la vida”, nunca semejantes que compartieran mis gustos, miedos y cuitas, siempre solo, apartado, denominado raro; pero no es lo mismo estar solo que sentirse solo y yo nunca me he sentido así. Siempre, desde mi más temprana edad, me he sentido, no ya acompañado, sino vigilado, observado. Ese sentimiento no ha hecho más que reafirmarme en mi rareza.
Siempre que podía me escapaba de noche, mientras los demás dormían, lo más lejos posible de las casas y de todo aquello que pudiera oler a humanidad, para disfrutar de la quietud, observar las estrellas, las tormentas nocturnas… la paz.
No, no tiene nada que ver con las fiestas y las algarabías que mis supuestos semejantes suelen dedicarle a esas horas si no están durmiendo, sino más bien a una imperiosa necesidad de descubrir qué hay detrás de ese velo que se nos presenta delante y que siempre, por una u otra razón, ignoramos.
Cualquiera puede pensar ante tal panorama que soy un individuo, como ya he dicho, raro, solitario y sin nada interesante que ofrecer al mundo. No es así. He vivido situaciones que a más de un valiente dejarían sin movimiento sanguíneo, paralizado de terror. Las alucinaciones de Lovecraft, aún muy cerca de la realidad, se quedan en cuentos para adolescentes comparadas con lo que he podido experimentar.
En cierta ocasión, estando de viaje en La República Dominicana, allá por 1986, tuve la inmensa suerte de contemplar un eclipse de Luna llena, estando a su vez Marte en el punto más cercano a nuestro planeta en los últimos 300 años. Las tormentas tropicales, con todo su potencial eléctrico, se veían profusamente en el horizonte. El resultado fue que la Luna llena, intensamente naranja, no ocultaba la grandiosidad de la Vía Láctea; Marte, a una palmo de la Luna, intensamente naranja a su vez y de un tamaño aún mayor del que suelen tener Venus o Júpiter, lo suficientemente grande como para apreciar su redondez, acompañaba a aquélla en su periplo y los relámpagos, abarcando la totalidad de visión del horizonte, se conjuntaron para mostrarme a mí y a cualquiera que estuviera lo suficientemente atento como para darse cuenta de ello una de las visiones más espectaculares que jamás he vivido.
Pero eso es quizás lo de menos. Quien haya estado en ese fascinante país fuera de los ámbitos turísticos habrá podido comprobar lo extrañas que son allí las noches. En aquel momento me encontraba en Bayahibe, al sureste, en una casa de madera con tres habitaciones, tres camas con sus correspondientes mosquiteras, una ducha y un corredor alrededor de ella. Durante toda la semana que pernocté allí no dejé de escuchar pisadas por el corredor (los aldeanos tomándome el pelo, pensaba), los perros ladraban hasta bien entrada la noche, a continuación rebuznaban los burros y les seguían los gallos ¿Gallos cantando a las doce de la noche? Se callaban los gallos y volvían los perros, y luego de nuevo los burros y así hasta el amanecer, cuando cerraban el ciclo los gallos para anunciar que todo volvía a la normalidad.
Aquella noche del eclipse tuve una experiencia que podría haber acabado conmigo si mi corazón no estuviera acostumbrado a la oscuridad y sus consecuencias…
En Paraguay existe la leyenda del Pompero, una suerte de espíritu demoníaco que concede favores a cambio de ciertos rituales. Lo cierto es que conocí a un español que tenía un restaurante en Asunción y que me juró haber tenido años antes un encuentro con el Pompero. Mientras dormía, este espíritu le había sacado de la cama por los pies. A resultas de ello, aunque decidió seguir en el país, vivía con el miedo a irse a la cama como compañero. Un chileno-italiano que tenía a su vez un restaurante en Bayahibe, “La Tranquera”, me contó que hasta que no se puso en “onda” con los espíritus que los lugareños le indicaron, no le empezó a ir más o menos bien el negocio. Curiosamente, cuando 20 años después volví a Bayahibe, nadie recordaba que tal restaurante hubiese existido.
Bien, aquella noche recibí la visita del Pompero, o de algún espíritu de su calaña. Lo supe por lo de “sacarte de la cama por los pies”. Noté el tirón por los pies, tremendo, no sólo por la fuerza, sino por que me sacudió hasta la última célula de mi cuerpo, mente y emociones, dejándome un segundo como si el todo el universo vibrase en mí; un segundo lleno de eternidad. Como no sentí miedo, pude observar con cierta perspectiva lo que pasaba. Otro vacile de los aldeanos, ¿no? Era lo lógico. Pues no, allí no había nadie tangible, y había luz suficiente como para corroborarlo. La fuerza que me arrastraba fuera de la cama no parecía de este mundo y daba la impresión de que según me sacaba de la cama me arrastraba hacia ¿otra dimensión? No podría explicarlo de otra forma, ya que una vez fuera de la cama una energía oscura, pesada, me aplastó contra el suelo, que ya ni era suelo, ya que éste, mi cuerpo y la oscuridad se fundieron en una sola materia y me vi en una infinita negrura, silenciosa y profundamente densa, que me recordó a esos estados febriles que solía experimentar de niño, cuando el aire de la habitación adquiría el peso y la densidad del agua. No podía respirar, pero curiosamente no parecía tener necesidad de ello. Tras interminables segundos, minutos, horas, no sé… una voz profunda, ominosa, me preguntó en un susurro: “¿Te has traído el Joe´s Garage?” “¡Claro!”, respondí. La fuerza dejó de oprimirme y me encontré de nuevo en la cama. Al día siguiente mi disco favorito de Frank Zappa no estaba entre mis pertenencias.
Experiencias nocturnas.
Jesús D. Avello.
Dedicado a la liZta.
domingo, 1 de agosto de 2010
El lugar en el que transcurre la acción es un planeta rocoso parecido a la Tierra en cuanto a características físicas, aunque de mayor tamaño. Es el único planeta de un sistema que se caracteriza porque el planeta en cuestión gira entorno a un sistema de estrellas dobles, las llamadas Estrella de Oro y Estrella de Plata, los Dos Soles.
En nuestro planeta Tierra ocurre que su satélite, la Luna, gira en torno a sí misma exactamente a la misma velocidad con la que gira en torno a la Tierra, por lo que siempre, desde la Tierra, vemos la misma cara de la Luna. La otra nos permanece oculta.
En este lugar, dada la casi idéntica velocidad con la que el planeta gira en torno a sí mismo en comparación con la de rotación en torno al sistema de estrellas dobles, se da la circunstancia de que ambas estrellas, a la vez o de manera alterna (cuando una eclipsa a la otra), iluminan la mitad del planeta durante mucho tiempo: 7.700 ciclos, equivalente a más o menos unos 2.400 años terrestres. Llegado el momento, el lugar en el que transcurre la acción, hogar de la niña llamada Aldebarán, oscurece por otros 7.700 ciclos: la sombra, tal como pasa con las fases de la Luna, avanza sobre la superficie del planeta. Pero muchísimo más lentamente. Es un atardecer que dura decenios.
Aunque finalmente, llega la noche.
Los dos soles, Estrella de Oro y Estrella de Plata –también llamada Segundo Sol-, son diferentes entre sí. La primera es más del doble de grande que la segunda. Lo que además las diferencia es su temperatura y su edad, y por tanto, su color y su luz. Estrella de Oro es amarilla-anaranjada, parecida a nuestro Sol, y su luz es fuerte. Estrella de Plata es en cambio mucho más tenue, debido a su masa más pequeña, aunque su temperatura es mucho más alta, y su luz es claramente azul.
El planeta realiza un giro completo en torno a ambas estrellas cada 7 ciclos, o Ciclo Mayor, es decir, unos 30 meses terrestres. Cada uno de esos siete ciclos se caracteriza por la situación que el planeta atraviesa en cuanto a la luz que le llega de ambas estrellas, dada por su correspondiente posición en el cielo. Existen lógicamente dos eclipses, uno cada 3.5 ciclos, y durante el resto del tiempo la luz que llega a la superficie del planeta va cambiando muy suavemente de color, producto de la mezcla de ambas luminarias. Cuando Estrella de Oro tapa a su compañera, la luz es potente, casi molesta, y hace mucho calor. En la situación contraria, la temperatura es algo más baja y Estrella de Plata ilumina de azul toda la superficie planetaria. Aún durante los eclipses, y sobre todo en el eclipse en el que Estrella de Plata está al frente, la luz de la otra estrella sigue llegando y mezclándose, en lo que es el zénit de la Luz Hermosa, siempre cambiante según pasan los ciclos. Siempre existe una combinación de ambas luces, todo depende del momento cíclico en el que nos encontremos y de la situación de los soles en el cielo, que se mueven de Este a Oeste y tardan, como ya ha sido explicado, 7.700 ciclos, 1.100 Ciclos Mayores, en cruzar el cielo planetario en su totalidad.
Estamos pues en un planeta en el que los días duran más de dos mil años. Y a su vez, la noche, cuando al fin llega, dura exactamente lo mismo.
En el periodo en el que los soles dominan el cielo pasamos de periodos de luz anaranjada intensa hasta luz tenue y azul, pero la Luz Hermosa lo es precisamente por los tránsitos entre ámbos eclipses, o zénites, ofreciendo múltiples combinaciones de los dos principales tonos lumínicos: ocres, amarillos verdosos, límpidos azules, y hasta toda la gama de los rojos y violetas en los amaneceres y ocasos.
Fruto de este abanico lumínico es una tierra, La Tierra, rica y fuerte, de la cual nacen numerosas y muy bellas especies vegetales y animales, mojada a menudo por fuertes tormentas, besada por poderosos ríos. Como no puede ser de otra manera, la vida se ha adaptado a su entorno, y la mayoría de las especies no muere cuando llega la noche. Unas entran en un larguísimo letargo (vegetales), otras emigran (animales). Y unas pocas mueren.
Y una de ellas desespera.
El momento preciso de este relato, "Aldebarán", está situado en el segundo Gran Ocaso, siempre según las crónicas, momento en el que la segunda estrella desaparece al fin bajo el horizonte y tras 7.700 ciclos llega de nuevo la noche, La Segunda Oscuridad.
Christian.
viernes, 30 de abril de 2010
El sepulturero y las Margaritas Negras (Fábula)
El mismo sepulturero actúa de oficio. Pone los huesos en la tierra, sin más contemplaciones que los huesos en la tierra.
La tormenta se avecina pero él, inmutable, apisona la tierra en una lenta ceremonia. Ha dejado unos cuantos pares de margaritas negras porque sabe que a los huesos les gusta deshojarlas.
Pasan los días y las semanas y ahí abajo las flores se han acabado, ya no hay nada para deshojar, y, por suerte, los huesos ya no sienten mucho, sólo saben que han desaparecido de la superficie, han sido borrados. Comienzan a sentirse cómodos de esa manera y se duermen.
Pero ahí está otra vez el sepulturero, ahí viene con otro ramo de margaritas negras. A veces los huesos se preguntan por qué lo hace, si acaso se siente solo o si realmente le causa alegría volver a verlos. Pero ambos saben la verdad, que uno es sepulturero y que el otro es hueso. Uno de los dos está muerto hace mucho para el otro. Aún así, los huesos siguen sin entender, los huesos son fantasiosos. Y otra vez se preguntan por qué tiene que ser así. No entienden el motivo de volver una y otra vez con esas flores. No se dan cuenta de que volver con flores no tiene otro significado más que volver con flores. Entonces se dicen a sí mismos si no sería mejor que los dejaran descansar en paz.
Morleena
viernes, 5 de marzo de 2010
Haikus
aparece mi mano
que no hace nada.
Hago la cama.
Ella vuelve muy triste.
La deshacemos.
Enamorada.
Está loca por mí,
esta tristeza.
No estoy tan solo.
Aquí estamos los dos,
mi herida y yo.
Impaciente estoy
esperando visita
de la paciencia.
Con dos palabras
se puede decir todo.
Ya hablé de más.
Christian.
sábado, 9 de enero de 2010
Antártida
El Sol se dejaba mirar en lo alto. El verano polar teñía de escarlata el cielo, el mar y el hielo. El barco pasaba por delante de un gran iceberg con forma de barco. Ahí se quedaría, a la deriva, mientras se iba deshaciendo en el corto pero majestuoso verano antártico. Le sobrecogía la musicalidad del mar y sobre todo, su latido. Siempre sería así, de hecho el destino le reservaba una muerte a pocos metros de la orilla.
A medida que se acercaban a la base, a Elio le carcomía más y más la inquietud. El estómago, convertido en un limón amargo y gris, le recordaba su dolor, como un despertador maldito y eterno. Aunque hubiesen pasado más de siete meses, el recuerdo era fresco como el pan recién hecho, y humeaba.
Aquella vez fue demasiado. Ahora llegaba con la energía renovada, como si le hubieran hecho una transfusión. Sabía lo que quería y sobre todo, lo que no. No más dolor, no más juegos estúpidos, no más borracheras de llantos y saltos al vacío, no más frío en las venas y en la mirada. 35 grados bajo cero afuera era más que suficiente. Sin embargo su estómago seguía exprimiéndose, y cuando trataba de no pensar en nada y volvía Ana a su mente, le parecía que hasta sangraba.
Las heridas le latían todavía, y su piel no las olvidaría ya jamás. La peor, la del muslo, le teletransportaba a una habitación de hospital en un caluroso país sudasiático de ventiladores en el techo, ropa sudada y silencio. 25 días. Ahora le parecía casi una cosa de niños. ¿Qué son 25 días en una vida? Su estómago sin embargo se lo recordaba de vez en cuando, como ahora, mientras iban ganándole terreno al hielo a través del agua. Estaban llegando.
Los recuerdos le venían como olas en alta mar: desordenados, breves, constantes. Respiró hondo, aunque la ropa de temperatura extrema no le permitía muchos movimientos. Eso lo volvía en algo patético, pensó. Estaba sufriendo ya algo que no había llegado aún. Rememoró de nuevo esos 25 días.
Una expresión seria apareció en su rostro. Bajó la cara pero no la mirada, fija en la proa. Se rascó la cicatriz de la axila sin sacar la mano del bolsillo del anorak. Su respiración agitada se calmó un poco.
En verdad que así llegó a la base: demasiado tranquilo. Algo ya no iba bien, comprendió poco después. A Catherine y a Max casi ni les saludó. Entró con prisa. En ese momento sabía que se le estaba yendo de las manos, pero nada cambió, pues la fuerza con la que ahora su ego le empujaba hacia adelante era muy grande, más grande que cualquier otra fuerza que sintiera alguna otra vez en su vida.
No tardó más de cuatro minutos en matarla.
Christian.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Aldebarán
Allí, desde donde otrora partieran las naves, las naves se quemaron.
Donde la cambiante Luz Hermosa de los Dos Soles solía acunar a los altos árboles.
Allí, durante milenios sagrados hogar del Leopardo Blanco, rey verdugo de grandes reyes;
Primera Casa de los descendientes de los ángeles, fundada la piedra sobre la tierra: la Tierra, la siempre bien perfumada, la de tallos nuevos rociados. La de huellas de antílope y praderas de flores borgoñas. La de los Desierto-Oasis, la de la Ciudad de las Águilas. La de las Montañas de Nieve Azul.
Nuestra madre patria.
Allí...
Agonizaba.
Los viejos ya no envidiaban a los jóvenes, príncipes de un destino aciago, y acaso les sonreían al pasar. Recuerdo aquellos paseos de Antes, repletos de música y de las risas de los niños. Ahora el camino estaba seco y los vestidos de las mujeres y los hombres eran de color gris oscuro y sucio, como los días. Ya nos habíamos olvidado del sonido de los saltos de los peces en los lagos y del canto de las aves en el patio. Ahora ya no quedaba nada. Sólo algunos recuerdos, grietas viejas que se retorcían como una raíz poderosa y herida de muerte.
Está escrito que en el siguiente Ciclo Mayor el Segundo Sol, nuestra amable Estrella de Plata, también se hundiría bajo las aguas del mar, muerto. Y caería la Segunda Oscuridad, la de los 7.700 ciclos. Y ya apenas quedaba tiempo.
Pero uno de nosotros,
aquella vestida de limpio y claro verde,
aquella de los largos cabellos negros,
aquella llamada Aldebarán;
marchó en pos del Segundo Sol, a bordo de la última galeta. Y nos pedía ayuda. Una niña de seis años nos gritaba desde el puerto que necesitaba salvarnos, y que no podía partir sola.
La gente como mucho giraba la cabeza, mostrando sus ojos amarillos y marchitos, ciegos de esperanza. Y cerraba las puertas de las casas que daban a la plaza solitaria.
Caía la Última Lágrima del Gran Ocaso.
Y yo partí con ella.
(*) El nombre Aldebarán proviene del árabe الدبران, al-dabarān, cuyo significado es «la que sigue», en referencia a que esta estrella sigue al cúmulo de las Pléyades en su recorrido nocturno a través del cielo
Christian