La mujer del sepulturero ha muerto. Al cabo de unas horas sepultan sus huesos, que al parecer, es lo único que queda de ella. Entonces me digo que seguramente hace mucho tiempo que esté muerta.
El mismo sepulturero actúa de oficio. Pone los huesos en la tierra, sin más contemplaciones que los huesos en la tierra.
La tormenta se avecina pero él, inmutable, apisona la tierra en una lenta ceremonia. Ha dejado unos cuantos pares de margaritas negras porque sabe que a los huesos les gusta deshojarlas.
Pasan los días y las semanas y ahí abajo las flores se han acabado, ya no hay nada para deshojar, y, por suerte, los huesos ya no sienten mucho, sólo saben que han desaparecido de la superficie, han sido borrados. Comienzan a sentirse cómodos de esa manera y se duermen.
Pero ahí está otra vez el sepulturero, ahí viene con otro ramo de margaritas negras. A veces los huesos se preguntan por qué lo hace, si acaso se siente solo o si realmente le causa alegría volver a verlos. Pero ambos saben la verdad, que uno es sepulturero y que el otro es hueso. Uno de los dos está muerto hace mucho para el otro. Aún así, los huesos siguen sin entender, los huesos son fantasiosos. Y otra vez se preguntan por qué tiene que ser así. No entienden el motivo de volver una y otra vez con esas flores. No se dan cuenta de que volver con flores no tiene otro significado más que volver con flores. Entonces se dicen a sí mismos si no sería mejor que los dejaran descansar en paz.
Morleena
viernes, 30 de abril de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
Haikus
Entre las flores
aparece mi mano
que no hace nada.
Hago la cama.
Ella vuelve muy triste.
La deshacemos.
Enamorada.
Está loca por mí,
esta tristeza.
No estoy tan solo.
Aquí estamos los dos,
mi herida y yo.
Impaciente estoy
esperando visita
de la paciencia.
Con dos palabras
se puede decir todo.
Ya hablé de más.
Christian.
aparece mi mano
que no hace nada.
Hago la cama.
Ella vuelve muy triste.
La deshacemos.
Enamorada.
Está loca por mí,
esta tristeza.
No estoy tan solo.
Aquí estamos los dos,
mi herida y yo.
Impaciente estoy
esperando visita
de la paciencia.
Con dos palabras
se puede decir todo.
Ya hablé de más.
Christian.
sábado, 9 de enero de 2010
Antártida
Se le resquebrajaba la vida delante de sus narices, mientras veía reflejada su figura en el mar rojo que se conmovía a su alrededor. Ése soy yo, pensó, ese reflejo soy yo. De alguna manera platónica, su ideal le esperaba como una sombra inalcanzable sobre las aguas del mar antártico. A él le parecía que se burlaba, pero en realidad le estaba esperando. Nunca llegó a comprender eso.
El Sol se dejaba mirar en lo alto. El verano polar teñía de escarlata el cielo, el mar y el hielo. El barco pasaba por delante de un gran iceberg con forma de barco. Ahí se quedaría, a la deriva, mientras se iba deshaciendo en el corto pero majestuoso verano antártico. Le sobrecogía la musicalidad del mar y sobre todo, su latido. Siempre sería así, de hecho el destino le reservaba una muerte a pocos metros de la orilla.
A medida que se acercaban a la base, a Elio le carcomía más y más la inquietud. El estómago, convertido en un limón amargo y gris, le recordaba su dolor, como un despertador maldito y eterno. Aunque hubiesen pasado más de siete meses, el recuerdo era fresco como el pan recién hecho, y humeaba.
Aquella vez fue demasiado. Ahora llegaba con la energía renovada, como si le hubieran hecho una transfusión. Sabía lo que quería y sobre todo, lo que no. No más dolor, no más juegos estúpidos, no más borracheras de llantos y saltos al vacío, no más frío en las venas y en la mirada. 35 grados bajo cero afuera era más que suficiente. Sin embargo su estómago seguía exprimiéndose, y cuando trataba de no pensar en nada y volvía Ana a su mente, le parecía que hasta sangraba.
Las heridas le latían todavía, y su piel no las olvidaría ya jamás. La peor, la del muslo, le teletransportaba a una habitación de hospital en un caluroso país sudasiático de ventiladores en el techo, ropa sudada y silencio. 25 días. Ahora le parecía casi una cosa de niños. ¿Qué son 25 días en una vida? Su estómago sin embargo se lo recordaba de vez en cuando, como ahora, mientras iban ganándole terreno al hielo a través del agua. Estaban llegando.
Los recuerdos le venían como olas en alta mar: desordenados, breves, constantes. Respiró hondo, aunque la ropa de temperatura extrema no le permitía muchos movimientos. Eso lo volvía en algo patético, pensó. Estaba sufriendo ya algo que no había llegado aún. Rememoró de nuevo esos 25 días.
Una expresión seria apareció en su rostro. Bajó la cara pero no la mirada, fija en la proa. Se rascó la cicatriz de la axila sin sacar la mano del bolsillo del anorak. Su respiración agitada se calmó un poco.
En verdad que así llegó a la base: demasiado tranquilo. Algo ya no iba bien, comprendió poco después. A Catherine y a Max casi ni les saludó. Entró con prisa. En ese momento sabía que se le estaba yendo de las manos, pero nada cambió, pues la fuerza con la que ahora su ego le empujaba hacia adelante era muy grande, más grande que cualquier otra fuerza que sintiera alguna otra vez en su vida.
No tardó más de cuatro minutos en matarla.
Christian.
El Sol se dejaba mirar en lo alto. El verano polar teñía de escarlata el cielo, el mar y el hielo. El barco pasaba por delante de un gran iceberg con forma de barco. Ahí se quedaría, a la deriva, mientras se iba deshaciendo en el corto pero majestuoso verano antártico. Le sobrecogía la musicalidad del mar y sobre todo, su latido. Siempre sería así, de hecho el destino le reservaba una muerte a pocos metros de la orilla.
A medida que se acercaban a la base, a Elio le carcomía más y más la inquietud. El estómago, convertido en un limón amargo y gris, le recordaba su dolor, como un despertador maldito y eterno. Aunque hubiesen pasado más de siete meses, el recuerdo era fresco como el pan recién hecho, y humeaba.
Aquella vez fue demasiado. Ahora llegaba con la energía renovada, como si le hubieran hecho una transfusión. Sabía lo que quería y sobre todo, lo que no. No más dolor, no más juegos estúpidos, no más borracheras de llantos y saltos al vacío, no más frío en las venas y en la mirada. 35 grados bajo cero afuera era más que suficiente. Sin embargo su estómago seguía exprimiéndose, y cuando trataba de no pensar en nada y volvía Ana a su mente, le parecía que hasta sangraba.
Las heridas le latían todavía, y su piel no las olvidaría ya jamás. La peor, la del muslo, le teletransportaba a una habitación de hospital en un caluroso país sudasiático de ventiladores en el techo, ropa sudada y silencio. 25 días. Ahora le parecía casi una cosa de niños. ¿Qué son 25 días en una vida? Su estómago sin embargo se lo recordaba de vez en cuando, como ahora, mientras iban ganándole terreno al hielo a través del agua. Estaban llegando.
Los recuerdos le venían como olas en alta mar: desordenados, breves, constantes. Respiró hondo, aunque la ropa de temperatura extrema no le permitía muchos movimientos. Eso lo volvía en algo patético, pensó. Estaba sufriendo ya algo que no había llegado aún. Rememoró de nuevo esos 25 días.
Una expresión seria apareció en su rostro. Bajó la cara pero no la mirada, fija en la proa. Se rascó la cicatriz de la axila sin sacar la mano del bolsillo del anorak. Su respiración agitada se calmó un poco.
En verdad que así llegó a la base: demasiado tranquilo. Algo ya no iba bien, comprendió poco después. A Catherine y a Max casi ni les saludó. Entró con prisa. En ese momento sabía que se le estaba yendo de las manos, pero nada cambió, pues la fuerza con la que ahora su ego le empujaba hacia adelante era muy grande, más grande que cualquier otra fuerza que sintiera alguna otra vez en su vida.
No tardó más de cuatro minutos en matarla.
Christian.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Aldebarán
Desde este húmedo zulo os escribo...
Allí, desde donde otrora partieran las naves, las naves se quemaron.
Donde la cambiante Luz Hermosa de los Dos Soles solía acunar a los altos árboles.
Allí, durante milenios sagrados hogar del Leopardo Blanco, rey verdugo de grandes reyes;
Primera Casa de los descendientes de los ángeles, fundada la piedra sobre la tierra: la Tierra, la siempre bien perfumada, la de tallos nuevos rociados. La de huellas de antílope y praderas de flores borgoñas. La de los Desierto-Oasis, la de la Ciudad de las Águilas. La de las Montañas de Nieve Azul.
Nuestra madre patria.
Allí...
Agonizaba.
Los viejos ya no envidiaban a los jóvenes, príncipes de un destino aciago, y acaso les sonreían al pasar. Recuerdo aquellos paseos de Antes, repletos de música y de las risas de los niños. Ahora el camino estaba seco y los vestidos de las mujeres y los hombres eran de color gris oscuro y sucio, como los días. Ya nos habíamos olvidado del sonido de los saltos de los peces en los lagos y del canto de las aves en el patio. Ahora ya no quedaba nada. Sólo algunos recuerdos, grietas viejas que se retorcían como una raíz poderosa y herida de muerte.
Está escrito que en el siguiente Ciclo Mayor el Segundo Sol, nuestra amable Estrella de Plata, también se hundiría bajo las aguas del mar, muerto. Y caería la Segunda Oscuridad, la de los 7.700 ciclos. Y ya apenas quedaba tiempo.
Pero uno de nosotros,
aquella vestida de limpio y claro verde,
aquella de los largos cabellos negros,
aquella llamada Aldebarán;
marchó en pos del Segundo Sol, a bordo de la última galeta. Y nos pedía ayuda. Una niña de seis años nos gritaba desde el puerto que necesitaba salvarnos, y que no podía partir sola.
La gente como mucho giraba la cabeza, mostrando sus ojos amarillos y marchitos, ciegos de esperanza. Y cerraba las puertas de las casas que daban a la plaza solitaria.
Caía la Última Lágrima del Gran Ocaso.
Y yo partí con ella.
(*) El nombre Aldebarán proviene del árabe الدبران, al-dabarān, cuyo significado es «la que sigue», en referencia a que esta estrella sigue al cúmulo de las Pléyades en su recorrido nocturno a través del cielo
Christian
Allí, desde donde otrora partieran las naves, las naves se quemaron.
Donde la cambiante Luz Hermosa de los Dos Soles solía acunar a los altos árboles.
Allí, durante milenios sagrados hogar del Leopardo Blanco, rey verdugo de grandes reyes;
Primera Casa de los descendientes de los ángeles, fundada la piedra sobre la tierra: la Tierra, la siempre bien perfumada, la de tallos nuevos rociados. La de huellas de antílope y praderas de flores borgoñas. La de los Desierto-Oasis, la de la Ciudad de las Águilas. La de las Montañas de Nieve Azul.
Nuestra madre patria.
Allí...
Agonizaba.
Los viejos ya no envidiaban a los jóvenes, príncipes de un destino aciago, y acaso les sonreían al pasar. Recuerdo aquellos paseos de Antes, repletos de música y de las risas de los niños. Ahora el camino estaba seco y los vestidos de las mujeres y los hombres eran de color gris oscuro y sucio, como los días. Ya nos habíamos olvidado del sonido de los saltos de los peces en los lagos y del canto de las aves en el patio. Ahora ya no quedaba nada. Sólo algunos recuerdos, grietas viejas que se retorcían como una raíz poderosa y herida de muerte.
Está escrito que en el siguiente Ciclo Mayor el Segundo Sol, nuestra amable Estrella de Plata, también se hundiría bajo las aguas del mar, muerto. Y caería la Segunda Oscuridad, la de los 7.700 ciclos. Y ya apenas quedaba tiempo.
Pero uno de nosotros,
aquella vestida de limpio y claro verde,
aquella de los largos cabellos negros,
aquella llamada Aldebarán;
marchó en pos del Segundo Sol, a bordo de la última galeta. Y nos pedía ayuda. Una niña de seis años nos gritaba desde el puerto que necesitaba salvarnos, y que no podía partir sola.
La gente como mucho giraba la cabeza, mostrando sus ojos amarillos y marchitos, ciegos de esperanza. Y cerraba las puertas de las casas que daban a la plaza solitaria.
Caía la Última Lágrima del Gran Ocaso.
Y yo partí con ella.
(*) El nombre Aldebarán proviene del árabe الدبران, al-dabarān, cuyo significado es «la que sigue», en referencia a que esta estrella sigue al cúmulo de las Pléyades en su recorrido nocturno a través del cielo
Christian
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